Si Henry Ford levantase la cabeza y fuera a su despacho en la Ford actual, probablemente no entendería nada; en cambio, si fuera el Conde de Romanones el que regresase a su despacho y pidiera el orden del día del Consejo de Ministros, tardaría relativamente poco en ponerse al día. Esta caricatura de la empresa vs la administración pública la contaba recientemente el ex Ministro de Administraciones Públicas, Jordi Sevilla en su participación en el seminario del INAP “Continuidad Vs Transformación ¿Qué función pública necesita España?”, dirigido por Rafael Jiménez Asensio y Josefa Cantero cuya visualización (la de las 4 jornadas) recomiendo intensamente. 

Tomo este ejemplo, porque ahora que parece que corren tiempos de cambio a todos los niveles, que se habla de modernización, de transformación por todas partes, hay que aprovechar la oportunidad para generar el impulso necesario de transformación en el sector público (menos thinking y más doing). Como decía la cita de A. Schnitzler, “Estar preparado es importante, saber esperar lo es aún más, pero aprovechar el momento adecuado es la clave de la vida”, (cita con la que, por cierto, abría mi primera obra editorial). El momento es importante, efectivamente, pero para cambiar, primero, hay que querer o necesitar cambiar. 

En el caso del sector público, parece que ni siquiera la pandemia está siendo suficiente motor para asumir el cambio necesario, pues aún aunque se han ido produciendo sustanciales avances, especialmente en términos de digitalización, como decíamos aquí y aquí, no parece que tenga un alcance global. Quizás la combinación pandemia, fondos europeos y posible pérdida de los mismos, pueda servir de revulsivo frente a las dinámicas que, por acción u omisión, impiden avanzar en la modernización de la administración pública. Avanzar en planificación, evaluación y rendición de cuentas, avanzar en el control de la eficiencia en el gasto público y en el buen gobierno y la buena administración, en las reformas estructurales que demanda la Unión Europeo.  

¿Por qué es tan difícil gestionar el cambio en la gestión pública? 

Las razones son múltiples y variadas, pero adelanto ya que buscar culpables en lugar de soluciones sólo nos conducirá a instalarnos en la queja, una actividad absolutamente improductiva, más allá de que todos somos humanos y de vez en cuando nos hartamos de ciertas realidades.  Por concretar, creo que el conjunto de dichas razones pueden agruparse en dos argumentos fundamentales que resumen la cultura administrativa que  dificultan el cambio, la transformación de la administración, y lo justifican:

1.- En primer lugar, la tradición napoleónica

Tradición que vertebra nuestro modelo de administración pública. Rocoso, burocrático, jerarquizado (sólo para lo malo) que no facilita el cambio, y lo que es peor,  que engancha a la perfección con un argumento definitivo de arraigada costumbre administrativa: “siempre se ha hecho así” (o su formulación negativa “nunca se ha hecho así”), creo que si pidiera RT a todos aquéllos que han escuchado (o padecido) este argumento no tendría mal resultado. 

Una idea, cuando alguien esgrima ese clásico  probemos a preguntar ¿por qué? ¿por qué se hace así?. Es probable que más allá de que el interlocutor reitere que porque siempre se ha hecho así, en la mayoría de los casos ni siquiera los que defienden este argumento conocen la motivación de la decisión (teoría del banco pintado). Salir de la zona de confort, tan amable en el caso del sector público, tampoco se presenta como una idea atractiva. Es más, algunos no sólo no salen sino que la amueblan para hacerla más confortable,  se oponen al cambio, máximo si está mínimamente relacionado con la tecnología, que genera, vía desconocimiento, unas amplias resistencias, mientras otros tan sólo lo evitan, mediante una hábil procrastinación que nuestro modelo de administración favorece.

Decía también Jordi Sevilla que tenemos estructuras verticales para resolver problemas horizontales. Absolutamente de acuerdo. Las buenas ideas se pierden por los laberintos burocráticos, que matan la innovación, la creatividad, tan necesaria para llegar la administración del SXXI, que debe atender a una sociedad del SXXI y a los retos que presenta. Sin embargo, ¿cómo lo hace? con un sistema de empleo público del SXX (y muchos empleados públicos de la misma época…) y con una arquitectura del SXIX. Crónica de un fracaso anunciado.

2.- En segundo lugar, la falta de incentivos

Al conjunto de personas que integran el sector público podemos dividirlos en dos grupos, responsables políticos, incluyendo altos cargos,  y empleados públicos, en general. Cada uno de ellos tiene sus propias dinámicas, en el primer caso, las electorales, en el segundo, las de la supervivencia, que implica el amplio abanico de posibilidades de promoción profesional, mejoras económicas, y mantener el estatus quo creado que les permite seguir con sus rutinas. La (con)fusión de los niveles de gobierno y administración parece haber encontrado un punto de acomodo entre ambos ¿Por qué y para qué cambiar?

Porque las ineficiencias, la ineficacia e incluso la incompetencia en raras ocasiones tiene algún tipo de consecuencia, ya no digo castigo (próximamente entrada sobre Evaluación del desempeño Vs Café para todos). Digo consecuencias. No las hay a nivel individual, en el caso de incumplimiento de los deberes como empleados públicos y responsables políticos, el más importante, el deber de prestar servicios públicos de calidad, ágiles y sencillos (es decir, adecuados al SXXI), ni a nivel disciplinario, ni electoral, pero tampoco los hay considerando la administración como masa. El ciudadano como cliente cautivo sujeto al monopolio del sector público tiene ante sí la disyuntiva de exigir sus derechos, agotando vías judiciales que no pueden garantizar (por cuestiones temporales) la efectividad del derecho, o claudicar y tramitar en papel, pese a la administración electrónica, y presentar los documentos (innecesarios) una y mil veces, por ejemplo.


Hace poco se publicaba una interesante noticia “Los gestores administrativos ponen nota a la administración”,  que se hacía eco de una consulta realizada a los gestores administrativos sobre la percepción que tienen sobre determinados organismos de las administraciones. Los resultados son abrumadores. La escala de valoración era entre 1 y 10 (1 la peor nota, 10 la mejor). Solo aprueba con un 5,29 la Agencia Tributaria. Ninguna empresa podría soportar tan alto nivel de insatisfacción entre sus clientes, porque simplemente, dejarían de serlo, porque la ineficiencia, en el sector privado tiene consecuencias.

Fuente: Colegio de Gestores administrativos 

Concluyo. Volviendo al título del seminario del INAP ¿Continuidad versus Transformación?. Transformación es la única opción, no sólo en la función pública. Lo fácil, la continuidad, pero ésa no es una opción. En este caso, espero que el incentivo del sumatorio pandemia más fondos europeos (ayudado por todos los insiders que nos sumamos al Caballo de Troya) pueda servir como palanca de cambio. Un  cambio que empieza desde dentro, suelo decir (es el lema de  mi blog) que las leyes no hacen milagros. Recordando de nuevo a Romanones, «Ustedes hagan la ley, que yo haré el reglamento», no, no necesitamos más leyes, y tampoco necesitamos reglamentos, necesitamos políticas públicas y personas comprometidas con el nuevo modelo de gestión pública.  Una gestión pública irreconocible para  Romanones.