En los últimos tiempos he tenido la ocasión de participar en el INAP en distintos cursos selectivos para completar el proceso de acceso a la función pública y en todos ellos he encontrado un denominador común entre las personas participantes, entre las nuevas incorporaciones al servicio público: ILUSIÓN (con mayúsculas).

Ilusión por el cambio, ilusión por hacer bien las cosas y por sumar en el proceso de transformación que estamos experimentando (o al menos deberíamos) en el conjunto de las administraciones públicas. Da igual que sean del ámbito local, autonómico o estatal. En todos ellos, la ilusión unida a su conocimiento, y a su mirada fresca, todavía llena de luz sin duda constituye una fuerza arrolladora que conseguirá seguir moviendo a ese gran elefante que es la administraciones públicas, conseguirá introducirlo definitivamente en el SXXI.

Con independencia de la temática a abordar, siempre les recuerdo a todos ellos que son “agentes del cambio”, que las instituciones y los procesos no cambian, los cambian las personas, con pequeñas y grandes acciones, que suman, impulsan y ponen a rodar un nuevo modelo de hacer las cosas, y para ello son el elemento clave del proceso.

En los cursos selectivos han podido contar con la inestimable voz de Carles Ramió, Ignacio Criado y Virtudes Iglesias, entre otros (gracias infinitas por sus aportaciones)

Ahora bien, del mismo modo que intentamos transmitirles esa necesidad de cambio, de asentar este nuevo modelo de administración sobre los pilares de una sociedad alineada con la Agenda 2030, con los ODS, una administración abierta, íntegra y transparente, que promueve y garantiza la igualdad y que debe completar el proceso de transformación digital. No será fácil. Años de retraso en este proceso lo acreditan, por ello, desde el realismo y el conocimiento de las dificultades que conlleva todo proceso de cambio me gusta recordar dos axiomas:

  • No siempre se tendrá éxito en la gestión del cambio

No pasa nada. A lo largo de nuestra trayectoria profesional abordaremos distintos procesos de cambio, unos más profundos y otros más superficiales, unos de mayor impacto y otros de menor, y no en todos se tendrá éxito. No pasa nada. Habrá que extraer las lecciones, y aprender, porque se aprende tanto o más de los procesos que no culminan en éxito, que de los exitosos, porque en estos últimos la satisfacción de los objetivos conseguidos, en ocasiones, nos genera un apagón sobre las dificultades y los problemas, pudiendo no recordarlo en el el siguiente. Lo mejor para empezar, objetivos sencillos y medibles, intentemos que el éxito del primer proyecto nos legitime frente a los resistentes, frente a los que no quieren cambiar, que están cómodos, acomodados en su zona de confort.

  • Hecho mejor que perfecto

La ilusión y la motivación hacen que en ocasiones nos planteemos objetivos muy ambiciosos. Así debe ser. Pero también debemos ser realistas y plantearnos si el querer abordar un proceso macro sin dimensionar esfuerzos, medios y recursos, no lo hará fracasar. Hay múltiples factores que pueden influir en el éxito de los procesos de transformación: políticos, organizativos, económicos, etc, cuestiones de oportunidad y conveniencia (la oportunidad del momento lo es todo…). Por ello, si llegas a una organización y observas 10 deficiencias, e intentas corregir al tiempo las 10 no debes sorprenderte si no consigues que se corrija ninguna, quizás es mejor diseñar una estrategia y abordar lo más urgente, el cambio que produzca mayor impacto, el cambio que pueda servir de «tractor» de otros cambios. Creo firmemente en la necesidad de conseguir resultados, hecho mejor que perfecto, porque esperando la perfección se nos puede pasar la vida.

Y también dos recomendaciones. La primera, que empaticen, con los responsables políticos, con sus compañeros, con los resistentes al cambio, es importante conocer su punto de vista, ponerse en sus zapatos para comprender mejor su oposición y ganarse su apoyo, siempre será más fácil con inteligencia emocional. La segunda,  que en su camino continúen en un aprendizaje continuo, cada día, en cada oportunidad, aprendizaje formal e informal, como decía Henry Ford, «Sólo hay algo más caro que no formar a las personas y que se marchen…, formarlas y que se queden».

Sobran críticos de salón y faltan agentes del cambioCon los años y el análisis he ido acuñando diversas expresiones sobre el empleo público “Obsolescencia programada de los empleados públicos” y los empleados públicos “Funcionarios V.U.C.A.”, o “Funcionarios líquidos”, pero la de “Agentes del cambio”, me gusta mucho, por lo que simboliza y representa, porque el cambio, como lluvia fina, se introducirá en la gestión pública a través de los cientos, miles de personas que se están incorporando a la administración. Personas que comparten un código de valores basado en la igualdad, en la integridad y en la sostenibilidad, en una administración del SXXI que trabaja para mejorar la vida de todas las personas. Porque las personas son lo más importante, sólo personas, los agentes del cambio, podrán conseguirlo. Contamos con ellos.