La empatía social cotiza en bolsa. Estas palabras pronunciadas por la Ministra de Transición Ecológica hace unos días al hilo de la subida continua del precio de la luz han generado cierto estupor e incluso muchos comentarios irónicos, pero encierran una realidad quizás poco conocida sobre el papel de la integridad y la ética empresarial. Integridad y ética que hacen fiables a las empresas para la sociedad y que justifican la fiabilidad que ésta última le otorga a través de su confiabilidad.

Esta realidad nacía con la conocida como responsabilidad social corporativa (RSC) y ha pasado a integrarse en una noción más amplia, la del gobierno corporativo, homónimo del buen gobierno. Y es en este contexto donde alcanzan cada vez más relevancia  los conocidos como valores ESG (por sus iniciales en inglés, environmental, social and governance). No es un tema baladí, tampoco postureo. En el contexto global, las empresas con mejor calificación en materia de gobierno corporativo incrementan la rentabilidad sobre la media global en un 1,9%, al tiempo que reduce el riesgo soportado por el inversor en un 1,3% en la volatilidad observada.

La integridad empresarial se presenta así como un factor que contribuye a generar valor en las empresas, a la mejora de la eficiencia económica y al refuerzo de la confianza de clientes, inversores, proveedores y empleados. Su objetivo, según los Principios de Gobierno Corporativo de la OCDE y G20, se concentra en facilitar la creación de un ambiente de confianza, transparencia y rendición de cuentas necesario para favorecer las inversiones a largo plazo, la estabilidad financiera y la integridad en los negocios. Se aporta así al objetivo (tan necesario en estos momentos) de un crecimiento sólido y al desarrollo de sociedades más inclusivas. Porque la integridad empresarial permite una eficiente asignación y utilización de recursos y es garantía de la reputación empresarial.

De hecho, los 10 Principios del Pacto Mundial de las Naciones Unidas piden a las empresas adoptar, apoyar y promulgar un conjunto de valores fundamentales en cuatro áreas: derechos humanos, normas laborales, medio ambiente y anticorrupción. La integridad empresarial se presenta así como un activo intangible que aporta valor a la organización y ofrece una clara ventaja competitiva de la entidad, de carácter transversal. Un activo que afecta a todas las áreas de la gestión, tanto internas como externas y al conjunto de la cadena de valor. Y aunque, con frecuencia, cuando se habla de integridad empresarial, los esfuerzos se concentran en las grandes corporaciones o únicamente en las cotizadas, es una línea de acción que debe extenderse también al gran tejido de pequeñas y medianas empresas.

En estos momentos, tras la dura crisis ocasionada por el Covid-19, en los que el Mecanismo de Recuperación Europea y su soporte en el pilar de la transición ecológica han puesto en valor las iniciativas de los valores ESG y la Agenda 2030 y los ODS, todo nos redirige hacia el mismo camino, al de la sostenibilidad, a la protección de los derechos sociales, a la garantía de los valores comunes, da igual que sea sector público, sector privado o tercer sector. Se dota así de sentido a la apelación a la empatía social de las empresas, no como un mero recurso dialéctico, sino como una forma diferente de observar el papel de la iniciativa empresarial en la consecución del bien común. Porque las empresas del S XXI no son ya las de Las uvas de la ira,  cuando  John Steinbeck apuntaba que “Las compañías poderosas no sabían que la línea entre la ira y el hambre es muy delgada”, sino empresas con propósito, empresas con empatía social ¿por qué no?

NOTA: la versión original de esta entrada ha sido publicada en El Correo Gallego, disponible en el siguiente enlace