Más del 40% de los españoles se sienten muy estresados por el teletrabajo en estas circunstancias de emergencia sanitaria. Así se concluye de un reciente estudio del IESE, y ello es debido, en parte, al momento durante el cual se ha generalizado y a las circunstancias colaterales, pues al margen de la existencia de experiencias aisladas de teletrabajo, tanto en el ámbito público como privado, su mayor impulsor ha sido la situación de alarma. En cuanto al momento, la crisis sanitaria generada por el COVID19 y el obligado confinamiento impuesto por la declaración del estado de alarma no parecen la mejor situación para mantener la calma y asumir nuevos retos.

En cuanto a las circunstancias, no son precisamente las idóneas. En primer lugar, porque al margen del estrés derivado de la situación de emergencia sanitaria, este aterrizaje forzoso en el teletrabajo se produce en un entorno de convivencia con la unidad familiar, con niños y mayores, compartiendo equipos electrónicos de trabajo, que no facilita su desarrollo. En segundo lugar, porque no existía una capacitación previa, un protocolo de cómo actuar, muchos usuarios no habituados al trabajo en remoto han tenido que adaptar sus hábitos laborales a una nueva situación, con nuevos sistemas de soporte y de relación. Y los cambios no suele ser bien recibidos. Por no hablar de problemas de conectividad, brecha digital y ausencia de competencias digitales. Estas semanas hemos sido más conscientes que nunca de la desigualdad de derechos que pueden suponer las dificultades de conectividad para muchos «tele trabajadores» improvisados que se han encontrado con que las redes no pueden dar el soporte necesario. Habrá que abordar este problema sin dilación.

¿Cuál era la situación de partida? Los datos del Instituto Nacional de Estadística de la EPA de 2019 revelan que el 90,7% de los ocupados no trabajó ningún día en su domicilio particular. Solamente el 4,8% de los españoles trabajó en casa más de la mitad de los días, mientras que el 3,5% lo hizo ocasionalmente. La situación ha cambiado. El COVID19 ha conseguido digitalizar más empresas y administraciones que la normativa o la propia tecnología. Ahora bien, ha sido golpe a golpe, sin planificación, sin orden, sin indicadores de evaluación, ni una metodología previa. Y, sin embargo ha funcionado técnica y razonablemente bien. Pero es que además los beneficios del teletrabajo trascienden al ámbito laboral. Más allá de los propios beneficios del modelo de negocio y del funcionamiento de la administración pública por la reducción de costes de establecimiento, existen aportaciones de mejora global, en términos de sostenibilidad medioambiental, por el ahorro de desplazamientos, de emisiones de CO2, en términos de conciliación y corresponsabilidad familiar y personal y muchos más.

Y es que la tecnología forma parte del cambio del mundo en la era post-covid, en un mundo global hiperconectado, en el que no sólo debemos preocuparnos de terminar de salir de la crisis sanitaria, sino también de la social y económica. Y para ello la tecnología se presenta como un gran catalizador. Según el I Barómetro COVID-19 la situación ha influido decisivamente en las prioridades de las compañías y que supondrán un verdadero acelerador de la transformación digital. Para el 66% esta pandemia ha contribuido a que en los próximos meses se adopten metodologías de innovación y desarrollo ágil, y un 78% opina que se acelerará la adopción de una cultura digital y de teletrabajo.

La administración pública no es un caso aislado. El obligado funcionamiento electrónico del conjunto de administraciones, es indiferente que sea local, autonómica o el propio estado, la convierten, sin necesidad del COVID19, en el escenario idóneo para el despliegue de los sistemas de teletrabajo, del trabajo en remoto, de fórmulas flexibles y productivas. Nada lo impide, la tecnología está preparada desde hace tiempo, lo que dificulta este tipo de avances son las personas, las resistencias al cambio basadas en los modelos tradicionales de trabajo, en una cultura que prima la presencialidad frente a los resultados. No deja de resultar una paradoja cómo para el teletrabajo se ha elevado la desconfianza hacia el trabajador y el incremento de la necesidad de control por esa desconfianza que no parece existir en el régimen de presencialidad. No debe ser así, la clave es la confianza no el control.

No se trata de que desaparezca la prestación de servicios presenciales, tanto públicos como privados. Seguirán existiendo ámbitos y entornos laborales en los que se requiere, al menos, una cierta presencialidad y personas que prefieran el contacto humano, en todo caso, no olvidemos que el teletrabajo no tiene por qué ser a tiempo completo, en mi opinión, la fórmula idónea combina ambos aspectos, presencial y telemático. Se trata de ser más eficiente cuando sea posible y el teletrabajo lo será en muchos casos; se trata de facilitar la conciliación y la responsabilidad familiar y personal; de contribuir a la sostenibilidad y a avanzar en un entorno digital. Porque no nos equivoquemos, teletrabajar es trabajar y con carácter general, incluso más que en condiciones de presencialidad, sin costes de desplazamiento, sin interrupciones, ni ladrones de tiempo, que dinamitan la planificación de la agenda del día.

¿Qué pasará cuando todo esto acabe? Cuando se levante el estado de alarma, cuando comience la desescalada y, poco a poco, se regrese a la normalidad , o a lo que ahora se ha dado en llamar nueva normalidad. Habrá que plantearse muchos temas y entre ellos está el papel del teletrabajo en el funcionamiento ordinario de empresas y administraciones públicas. El propio BOE recogía el carácter preferente del trabajo a distancia, ahora bien, con el apelativo de “medidas excepcionales” y prioritarias frente a la cesación temporal o reducción de la actividad, con el objetivo de garantizar la posterior reanudación. Eso podría llevar al equívoco de creer que el teletrabajo es sólo una opción ante situaciones extraordinarias, como esta pandemia. No debe ser así, el teletrabajo ha venido para quedarse. La situación excepcional generada por la alerta sanitaria simplemente ha sido el caballo de troya que lo ha introducido con carácter general. Ahora toca convertir lo excepcional en ordinario.

 NOTA: Esta entrada ha sido publicada originalmente como artículo de opinión en El Correo Gallego