Líderes, buenos, malos, regulares, tóxicos… En el ámbito público (al igual que en el privado) hay todo tipo de liderazgos, pero, en ocasiones, hasta el mejor de los líderes se equivoca ¿Qué es un líder? Según el diccionario de la RAE, un líder es aquella persona que dirige o conduce un partido político, un grupo social u otra colectividad. Personalmente, me gusta más hablar de liderazgo que de líderes, entendiendo que el liderazgo constituye la base para una dirección eficaz de personas, ahora bien nadie es infalible, por ello analizaremos algunos errores que pueden distorsionar la mejor de las voluntades en la conducción de un equipo de servicio público.

1.- Liderar a todos por igual

No todas las personas actúan ni se motivan igual, ni todas las situaciones son iguales, y para ello el líder debe ser consciente en cada momento de cómo debe actuar con cada una de ellas. Es lo que se conoce como liderazgo situacional, aquél que se aplica de un modo personalizado en cada contexto y para cada persona. Tal y como señala Daniel Goleman existen diferentes tipos de liderazgo y parte del éxito en su ejercicio es saber cuál utilizar en cada caso, a modo de palos de golf. En el sector público se producen múltiples interacciones que exigen revisar, en cada momento, las circunstancias presentes, posibles efectos y demás aspectos, para adoptar el estilo que conviene para la consecución de los objetivos fijados.

La gestión de las emociones se presenta como una de las tareas fundamentales del liderazgo. Hablamos con frecuencia de gestión de recursos personales, a mí me gusta hablar de gestión de personas, porque lo que de verdad importa son las personas (suelo decir que son el alfa y el omega de cualquier ámbito de actuación). Necesitamos apoyar a cada una de las personas que forman parte del equipo, conocer su momento vital, sus competencias y saber cómo conseguir que la suma de todos sea muy superior a la de cada una de ellas individualmente.

2.- Creer que las personas deben venir motivadas de casa 

Sería estupendo contar con equipos motivados, ilusionados y siempre con ganas de aportar, en cualquier circunstancia y a todas horas. Pero la realidad es que no siempre es así. Hay de todo, personas muy motivadas y personas poco o nada motivadas, y la motivación de las personas que nos acompañan es un elemento clave para alcanzar nuestros objetivos. Es habitual escuchar la frase de “aquí se viene motivado de casa”, o “tu motivación es tu sueldo”, está claro que ante ese mensaje hay un claro error de liderazgo. El buen líder tiene que hacer un esfuerzo por conocer a las personas con las que comparte su día a día y encontrar la tecla que activar para su motivación.

Ojo, no siempre es posible motivar a todos, hay personas inasequibles a cualquier estrategia de motivación, y si no es posible prescindir de ellos, habrá que (con inteligencia emocional) intentar que sumen en el equipo y, sobre todo, que no introduzcan elementos de distorsión, asignando roles de  carácter más secundario. 

3.- Falta (o inadecuada) de comunicación

Escuchar. El liderazgo conlleva una clara posición de escucha activa, a todos y a todo. A los miembros del equipo, a los responsables políticos, a la ciudadanía. Top-down, bottom-up y middle out, de todo y de todos hay mucho que aprender escuchando. Pero también hay que tener cuidado, pues a muchas personas les encanta escuchar… el eco de su voz. No se trata de éso. No debe permitirse la manipulación del equipo por el excesivo ansia de protagonismo de algunas personas, ni que se silencien las voces más minoritarias, todas importan y para ello es importante mantener abiertos permanentemente canales formales e informales de comunicación. 

Y no sólo escuchar, también explicar, siendo transparentes en la gestión, en la toma de decisiones, que no siempre gustarán a todos, pero que serán mejor entendidas desde la transparencia, porque la responsabilidad no excluye la rendición de cuentas, si queremos evitar que se generen islas de incomprensión que resquebrajarán el sentimiento de adhesión, no podemos ignorar esa parte de la comunicación.

4.- No tener los objetivos claros

¿Qué queremos? Para qué motivamos, reunimos y convocamos al equipo, cuáles son los objetivos que buscamos. En muchos casos, la falta de claridad, de visión sobre los objetivos que se pretenden conseguir, a corto, medio o largo plazo, frustra, ya desde el inicio, las posibilidades de éxito de cualquier proyecto. Si el responsable el líder no tiene clara esa información, no podrá transmitirla, no acertará en la asignación de tareas, ni en la distribución de los roles que corresponden a cada miembro del equipo.

Quizás el equipo trabaje mucho, hasta el infinito, pero de un modo absolutamente improductivo. Como decía Peter Drucker, “No hay nada tan inútil como hacer con gran eficiencia algo que nunca debería haberse hecho”, esta frase enuncia con acierto uno de los graves errores que se cometen (con demasiada frecuencia) en la gestión pública, como es el de no planificar y actuar por impulsos, invertir múltiples recursos (de todo tipo) para nada y los recursos públicos son demasiado valiosos para desperdiciarlos.

5.- Confundir liderazgo con «Ordeno y mando» 

Jefes Vs Líderes. Hemos visto una y mil infografías sobre las diferencias entre uno y otro, entre la dirección conjunta de personas y el recurso fácil a la jerarquía, al porque yo lo digo (como si fuéramos tiernos infantes), y a comportamientos tóxicos, buscando culpables, situándose a la defensiva (o pasivo-agresivo, que todavía es peor), abusando de los más débiles del equipo. De hecho, dice la RAE que el jefe es el «Superior o cabeza de una corporación, partido u oficio», el simple recurso al término superior nos hace ver una diferencia objetiva, el líder no es superior en el equipo, tiene roles distintos, pero nunca se sitúa en posición de superioridad. El líder se sitúa al frente para asumir las responsabilidades, al lado para acompañar y detrás para impulsar. 

Si bien dentro de los estilos de liderazgo nos encontramos también con el autoritario, este tipo de liderazgo utilizado como único estilo y mal entendido puede conducir a la versión de una jefatura tradicional, basada en la jerarquía y en el mando que conlleva. Rompe, de ese modo, el sentimiento de comunidad y pertenencia que constituyen la base de la gestión del equipo.

No olvidemos que….

Se pueden cometer errores, pero hay que ser consciente y virar el rumbo. El liderazgo es una competencia profesional, una súpercompetencia profesional que no se predica en exclusiva de los Directivos, pero desde luego no pueden existir directivos sin capacidad de liderazgo. En un año como éste, en el que el Covid-19, la distancia social, la irrupción del teletrabajo y la elevación al infinito de la incertidumbre ha puesto frente al espejo a muchos “falsos líderes”, que se movían con comodidad en los entornos seguros, y que ante la situación de crisis y la necesidad de una dirección han demostrado que carecen de empatía, de resiliencia, de habilidades inherentes al liderazgo e imprescindibles en este S XXI. Quizás en una época en la que tanto hablamos de inteligencia artificial, deberíamos cambiar el foco y hablar algo más de inteligencia emocional y de inteligencia colectiva. Porque las personas son el alfa y el omega, gestionar personas es la tarea más importante de cualquier directivo, de cualquier líder, hagámoslo con inteligencia.